Dr. Steve Masso

Una cirugía programada puede parecer enfocada solo en el órgano que se va a tratar, pero el corazón suele ser el factor que define qué tan seguro será todo el proceso. La evaluación de riesgo cardiovascular en cirugía no cardiaca sirve precisamente para eso: identificar si el paciente puede entrar a quirófano con tranquilidad, si necesita estudios adicionales o si conviene ajustar el plan antes de operar.
No se trata de poner obstáculos ni de retrasar una cirugía sin motivo. Se trata de reducir eventos que sí pueden cambiar por completo el resultado, como infarto, arritmias, insuficiencia cardiaca descompensada o elevaciones importantes de la presión arterial en el periodo perioperatorio. En pacientes con hipertensión, diabetes, enfermedad coronaria, antecedentes de infarto, soplos, falta de aire o edad avanzada, esta valoración deja de ser un trámite y se vuelve una medida de seguridad clínica.
Es una valoración médica dirigida a estimar la probabilidad de complicaciones cardiovasculares antes, durante y después de una cirugía no relacionada con el corazón. El objetivo no es solo decir si alguien puede operarse o no. El objetivo real es estratificar el riesgo, optimizar el estado cardiovascular y coordinar decisiones con el cirujano y el anestesiólogo.
Eso significa revisar antecedentes, síntomas actuales, capacidad funcional, tipo de cirugía, medicamentos, hallazgos en la exploración física y, cuando hace falta, resultados de estudios como electrocardiograma, ecocardiograma, Holter, MAPA o pruebas adicionales. En algunos casos también se requiere definir si el paciente necesita un tratamiento previo, un ajuste de fármacos o incluso una intervención cardiovascular antes de la cirugía.
No todos los pacientes necesitan el mismo nivel de estudio. Una persona joven, sin síntomas y con buena tolerancia al ejercicio que será sometida a una cirugía menor no se evalúa igual que un adulto mayor con diabetes, enfermedad renal y antecedente de angioplastia que será operado de abdomen o cadera. Ahí está una de las claves: la valoración debe ser individual, no automática.
La evaluación preoperatoria cardiovascular es especialmente útil en quienes tienen factores de riesgo conocidos o síntomas sugestivos de enfermedad cardiaca. También es recomendable cuando la cirugía tiene un estrés hemodinámico considerable o cuando el paciente lleva años sin revisión cardiológica.
Conviene realizarla si existe hipertensión arterial, colesterol alto, diabetes, tabaquismo, obesidad, antecedente de infarto, insuficiencia cardiaca, arritmias, enfermedad valvular, dolor en el pecho, palpitaciones, desmayos, falta de aire o hinchazón de piernas. También si hay antecedente familiar de enfermedad cardiovascular temprana o si el paciente ya usa anticoagulantes, antiagregantes o marcapasos.
En adultos mayores, incluso sin síntomas claros, la valoración cobra relevancia porque algunas condiciones cardiovasculares pueden pasar desapercibidas hasta que el cuerpo enfrenta el estrés de la anestesia, el sangrado, los cambios de volumen o el dolor posoperatorio.
El primer paso es entender dos cosas al mismo tiempo: el estado del corazón y la magnitud de la cirugía. No genera el mismo riesgo una cirugía dermatológica ambulatoria que una cirugía vascular mayor o un procedimiento abdominal complejo. El contexto importa.
Aquí se detecta gran parte del riesgo real. Se pregunta si el paciente presenta dolor torácico, disnea al caminar, fatiga desproporcionada, palpitaciones, mareos, síncope o edema. También se revisan antecedentes de infarto, cateterismo, angioplastia, insuficiencia cardiaca, accidente cerebrovascular y enfermedad arterial periférica.
Un punto muy útil es la capacidad funcional. Si una persona puede subir escaleras, caminar varias cuadras o realizar actividades cotidianas sin síntomas, su pronóstico suele ser mejor que el de alguien que se fatiga con esfuerzos mínimos. No es un dato menor. Muchas veces orienta si hacen falta más estudios o no.
La presión arterial, la frecuencia cardiaca, la auscultación del corazón y los pulmones y la presencia de datos de congestión ayudan a detectar problemas activos. Una insuficiencia cardiaca descompensada, una angina inestable o una arritmia no controlada son escenarios que obligan a frenar y resolver primero lo cardiovascular.
La razón es sencilla: entrar a cirugía con una condición inestable aumenta de forma importante el riesgo de complicaciones serias. En estos casos, posponer puede ser la decisión más segura.
No todos los pacientes necesitan una batería completa de estudios. Solicitar pruebas sin indicación clara puede generar costos, ansiedad y retrasos innecesarios. Pero cuando están bien elegidas, aportan información decisiva.
El electrocardiograma suele ser una herramienta inicial frecuente, sobre todo en pacientes mayores o con factores de riesgo. El ecocardiograma es útil si se sospecha enfermedad valvular, insuficiencia cardiaca o alteraciones estructurales. El Holter puede ayudar si hay palpitaciones, episodios arrítmicos o sospecha de trastornos de conducción. El MAPA puede ser valioso cuando la presión arterial parece mal controlada o muy variable.
En situaciones seleccionadas, también se analiza si hace falta una prueba de isquemia o incluso una evaluación más avanzada. Esto depende del tipo de cirugía, de los síntomas y del impacto que el resultado tendría sobre la conducta médica. Pedir un estudio que no cambiará nada rara vez tiene sentido.
La respuesta no suele ser un simple sí o no. Más bien se ubica al paciente en un nivel de riesgo y se define qué medidas hacen el procedimiento más seguro. A veces la conclusión es que puede operarse sin problema. Otras veces se recomienda ajustar medicamentos, controlar mejor la presión, estabilizar una arritmia, tratar una insuficiencia cardiaca o esperar un periodo prudente después de un evento cardiaco reciente.
También se revisa el manejo de medicamentos como anticoagulantes, antiagregantes, betabloqueadores y antihipertensivos. Suspender o mantener un fármaco antes de cirugía no debe decidirse de manera general. Depende del tipo de cirugía, del riesgo de sangrado y del riesgo trombótico o cardiaco individual.
Este punto es especialmente delicado en pacientes con stents coronarios. Si se suspende tratamiento antiplaquetario antes de tiempo, puede aumentar el riesgo de trombosis del stent. Si no se ajusta adecuadamente, puede aumentar el sangrado. Por eso la valoración por un cardiólogo con experiencia clínica e intervencionista ofrece una ventaja clara cuando hay antecedentes complejos.
Hay situaciones en las que lo más prudente es no avanzar de inmediato. Entre ellas están la angina inestable, un infarto reciente, insuficiencia cardiaca descompensada, arritmias significativas sin control y enfermedad valvular severa sintomática. En estos casos, el beneficio de esperar y corregir supera el inconveniente del retraso, siempre que la cirugía no sea de urgencia.
También puede posponerse si el paciente llega con hipertensión severa, síntomas nuevos sin estudio o datos clínicos que sugieren que el corazón no tolerará bien el procedimiento. No es una señal de fracaso del proceso. Es una forma de prevenir una complicación mayor.
Una buena valoración no solo busca autorizar una cirugía. Busca que el paciente llegue mejor preparado, que el anestesiólogo conozca los riesgos reales y que el cirujano opere con información completa. Cuando esto se hace bien, disminuye la incertidumbre para todos.
Además, a veces la evaluación descubre problemas que no se habían diagnosticado. Un soplo que resulta ser una valvulopatía importante, una falta de aire atribuida a la edad que en realidad corresponde a insuficiencia cardiaca, o una presión aparentemente normal en consulta que en casa se mantiene elevada. Identificar esto antes de una cirugía puede cambiar el pronóstico más allá del procedimiento mismo.
En una práctica especializada como la del Dr. Steve Masso, este tipo de valoración permite integrar en un solo proceso la revisión clínica, los estudios necesarios y, si hiciera falta, la ruta terapéutica posterior. Para el paciente y su familia, eso se traduce en menos vueltas, más claridad y decisiones tomadas con base médica sólida.
En general, la consulta incluye entrevista clínica detallada, revisión de antecedentes, exploración física y análisis del tipo de cirugía programada. Con eso se determina si el riesgo es bajo, intermedio o alto, y si hacen falta estudios adicionales. Cuando ya existen estudios previos, conviene llevarlos para evitar repeticiones innecesarias.
También es importante acudir con una lista de medicamentos, incluyendo dosis, y mencionar si hay antecedentes de stents, marcapasos, cateterismos, sangrados previos o reacciones a anestesia. Estos detalles ayudan a personalizar la recomendación.
Si algo cambia antes de la cirugía, como dolor de pecho, presión descontrolada, infección o falta de aire nueva, debe informarse de inmediato. La valoración preoperatoria no es un documento fijo. Es una fotografía clínica que puede cambiar si cambian los síntomas.
Una cirugía segura empieza antes de entrar al quirófano. Cuando el corazón se evalúa con criterio, experiencia y sentido práctico, el paciente no solo llega con más confianza. Llega en mejores condiciones para recuperarse bien.
Es una valoración médica dirigida a estimar la probabilidad de complicaciones cardiovasculares antes, durante y después de una cirugía no relacionada con el corazón, con el fin de estratificar el riesgo y optimizar el estado cardiovascular del paciente.
Pacientes con hipertensión, colesterol alto, diabetes, tabaquismo, obesidad, antecedente de infarto, insuficiencia cardiaca, arritmias, enfermedad valvular o síntomas como dolor de pecho, palpitaciones, desmayos o falta de aire, así como quienes usan anticoagulantes, antiagregantes o marcapasos.
Según el caso, pueden incluir electrocardiograma, ecocardiograma, Holter, MAPA o pruebas de isquemia, elegidos solo cuando el resultado puede cambiar la conducta médica antes de la cirugía.
Suspenderlos o mantenerlos depende del tipo de cirugía, del riesgo de sangrado y del riesgo trombótico o cardiaco individual. En pacientes con stents coronarios, suspenderlos antes de tiempo puede aumentar el riesgo de trombosis del stent, por lo que esta decisión requiere valoración especializada.
Cuando hay angina inestable, un infarto reciente, insuficiencia cardiaca descompensada, arritmias significativas sin control o enfermedad valvular severa sintomática, siempre que la cirugía no sea de urgencia.